Estudios clásicos


Referencias antropológicas clásicas

Para inicar este debate en torno al género y la etnicidad, es necesario realizar una reflexión preliminar en torno a dos aspectos fundamentales que tienen que ver con la valoración del “estado de la cuestión” en el debate sobre los sistemas sexo/género en el mundo: por un lado, si el patriarcado resulta un modelo social de carácter universal; y por otro, si la existencia de un modelo binario en el orden sociosexual también resulta una evidencia de carácter transcultural.

Respecto al primer ámbito, es necesario destacar el momento en que los debates académicos inician en torno a la suposición de que la subordinación de la mujer resulta una realidad universal, transhistórica y transcultural, y si es  así, en que grado, y también, si existen sistemas de género no patriarcales. Esta serie de cuestiones se pretende resolver a través de los estudios de otras sociedades realizados desde el ámbito de la antropología feminista. En el siglo XX, comienzan los estudos antropológicos sistemáticos sobre el género y la construcción cultural de la Margaret Meadidentidad sexual, donde destaca el trabajo pionero de la antropóloga Margaret Mead, perteneciente a la escuela “cultura y personalidad” creada por Franz Boas. En 1935, Mead escribe ‘Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas’, obra en la que compara los roles de género en tres pueblos: los arapesh, los mundugumor y los tchambuli de Nueva Guinea. Según Mead, en la sociedad arapesh conciben un sólo género, el identificado con el género femenino en las sociedades occidentales; en efecto, hombres y mujeres son extremadamente apacibles y cariñosas, y ambos consideran un privilegio placentero el cuidado de los niños, la cooperación y la atención de las necesidades de los otros (Mead, 1982); no obstante, entre los caníbales mundugumor abundan las condutas antisociais, en el sistema de parentesco de corda –en el que los hijos pertencen al grupo de la madre y las hijas al grupo del padre- genera constantes tensiones que los hacen seres agresivos, desconfiados y crueles, con una sexualidad violenta (Mead, 1982); las malhumoradas madres mundugumor no desean descendencia ni son afectuosas con ellas: “Las niñas crecen, en consecuencia, tan agresivas como los muchachos” (Mead, 1982);  el tercer grupo estudiado por Margaret Mead, los tchambuli, aparenta una inversión de los roles y temperamentos de género occidentales: las mujeres son dominantes y son las proveedoras de los hogares, mientras que los varones, emocionalmente son muy dependientes de sus mujeres y emplean la mayor parte de su tiempo en tareas artísticas. La importancia del trabajo de Mead reside en que demostró que no existe correspondencia natural estricta entre sexo y xénero.

Por otra parte, y según la antropología, existieron lugares donde la mujer disfrutó de ciertas cuotas de poder que favorecieron la igualdad entre ambos sexos. Efectivamente, en cuanto a la universalidad de la asimetría en el poder, prestigio y autoridad de los hombres frente a las mujeres, autoras como Margaret Mead (1982),  Sherry Ortner (1979) o Michelle Rosaldo (1974), (en Beltrán et al. 2001), después de múltiples estudios etnográficos, concluyeron que esta afirmación debe cuestionarse, pues en sus investigación etnográficas, encontraron sociedades tales cómo la de los aborígenes australianos, los enga de Papúa Nueva Guinea o los pueblos precoloniais en África occidental, en el que no existía subordinación de géneros y la mujer poseía autonomía económica, poder y prestigio social. Eleanor Leacock (1981, en Beltrán et al. 2001: 154) muestra que antes de la Colonia, las mujeres de las Islas Labrador eran autónomas, aunque se desarrollaban en una economía comunal que controlaba, de manera corporativa, los recursos económicos, donde la toma de decisiones era de carácter disperso y la interdependencia hombre-mujer era simétrica.  Phyllis Kaberry y Diane Bell al estudiar a los aborígenes australianos también indican que no encuentran subordinación femenina y que ellas poseían una gran autonomía (Kaberry 1930, Bell 1983, Leacock 1981,en Moore 1991: 28, 49). Otros autores tales como Johann Jacob Bachofen, Henry Maine, Lewis Morgan y Friedrich Engels (Beltrán et al, 2001:139) consideraban que en el pasado de la humanidad incluso habían existido sociedades matriarcales. Bachofen encuentra la evidencia histórica en el estudio de los mitos que aparecen en las fuentes literarias y filosóficas de la antigüedad clásica, donde se constata el derecho materno como dominante en la regulación de la vida social. Este autor caracteriza al matriarcado como un sistema social agrario, donde la propiedad y el linaje lo determina la vía materna, quien posee el poder doméstico, político y religioso.

Lewis Morgan, desde la perspectiva evolucionista, coincide en caracterizar el periodo matriarcal como históricamente primogénito, caracterizado por ser una sociedad sedentaria, con propiedad comunal y donde se produce la domesticación de animales, y ejemplifica con el caso del pueblo iroqués de norteamérica. Engels también afirma que existieron sociedades donde la mujer determinaba la filiación y era autónoma al poseer sus propios ingresos. De estos estudios antropológicos e históricos, se deduce que el significado de ser mujer y de ser hombre varía cultural e históricamente y que el género es una realidad social construida y enmarcada en un contexto sociohistórico determinado (Chafetz, 1992). Pierre Bourdieu y Maurice Godelier realizaron dos estudios sobre la estructura simbólica de la dominación masculina en dos sociedades: los berebes de la Cabilia arxelina y los baruya en Papúa Nueva Guinea, a fin de entender cuáles son los mecanismos responsables de la división sexual y social. También quisieron conocer si estos mecanismos son similares o diferentes, en función de la historia, cultura y contexto de estos grupos étnicos estudiados. Efectivamente, para estos autores, la perspectiva etnológica y antropológica resultó una de las estrategias heurísticas que posibilitan subrayar el carácter arbitrario y contingente del orden sociosexual.

Respecto a la segunda cuestión, es importante resaltar que en el pasado hay constancia de sociedades con múltiples géneros y también en la actualidad. Así, en algunas de las civilizaciones americanas del pasado se cree que la “diversidad” fue significativa, tal y como recogen las crónicas coloniales de los siglos XV y XVII. En efecto, entre los pima,- habitantes del sudeste de EEUU con lengua de tipo uto-azteca-, se concebía la existencia de personas a las que denominan wi-kovat, cuya identidad no derivaba de su genitalidad, sino de su conducta dicotómica, de la realización de actividades de ambos géneros y que poseían una apariencia pública.

 

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