El proyecto


A menudo, se ha planteado la cuestión de si los roles de género o las identidades sexuales, son universales culturales o cambian en cada sociedad y en cada momento histórico. ¿En todas las sociedades existe “dominación masculina”? ¿o existen pueblos donde prevalece una mayor equidad entre hombres y mujeres, ¿y sociedades que se organizan en torno a más de dos géneros, fracturando el clásico esquema dual “hombre-mujer”?

Aunque hay estudios que consideran la existencia de “matriarcados” modernos, lo que sí se ha demostrado es que persisten sociedades donde hay mayor equidad entre los hombres y las mujeres. Algunos de éstos pueblos son los Nagovisi de la isla de Bouganville, frente a Papúa Nueva Guinea, los Minangkabau en el oeste de Sumatra, los khasi de la India, los Mosuo de China, los bijagós de Guinea Bissau y los zapotecas del Istmo de Tehuantepec, en México.

Por otra parte, también hay pueblos donde se concibe la existencia de más de dos géneros, las llamadas “sociedades de géneros múltiples”, como los Ciukci siberianos, que contemplan la existencia de siete géneros: masculino, femenino, tres géneros ulteriores para los bioloxicamente varones y otros dos para las hembras biológicas; también los Buguis de Indonesia (los habitantes del sur de Sulawesi, en las Islas Célebes) que identifican tres sexos: masculino, femenino e intersexo) y cinco géneros: Makkurani (mujeres), Oroane (hombres), Calabai (físicamente son hombres pero asumen el rol femenino), los Calalai (físicamente mujeres pero asumen el rol masculino) y los Bissu (que pueden ser tanto hombres como mujeres, asumen todos los roles, son el compendio de todos ellos y su función es de carácter espiritual. Respeto a la existencia de terceros géneros, se conocen los hijras en la India hinduista que son considerados una categoría intermedia entre el hombre y la mujer; los mahu en la Polinesa y Australia, los fa´afafine de Samoa, los xanith de Oman, los muxes del Istmo de Tehuantepec y los nawikis de la Sierra Tarahumara en México, son muestras de la existencia de sociedades que conciben otros órdenes sociosexuales que trascienden el imperativo binario y que contemplan la pluralidad de sexos y géneros.

El sistema sexo/género de una sociedad no obedece a un orden “natural” dado, sino que es un “producto de la cultura” y, por tanto, es temporal y cambiante.

Parece que la dominación masculina y el modelo heterocrático son universales culturales (aunque no está comprobado totalmente), el grado y la intensidad de los mismos varían en las diferentes culturas, produciendo, en algunos casos, una especie de “mundo al revés” del que estamos acostumbrados a conocer.

Los sistemas sexo/género son diseños culturales de carácter arbitrario, que responden relaciones históricas y sociales, de poder y de control social, que no derivan únicamente de la “naturaleza” sexual de los seres humanos.


1- Alain Dugrand, “Belice”, Fondo de Cultura Económica, México, 1998. En Francesca gargallo, op. Cit, p, 18